domingo, 1 de mayo de 2011

Eficiencia terminal en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México,¿Producción de egresados o formación de profesionistas?

ESTA ES LA CONFERENCIA INTEGRA Y TEXTUAL DE:

Ruth Guzik Glantz
Profesora-investigadora de
la Academia de Comunicación y Cultura
de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México


Hace unos días, Fabiana Medina me animó cálidamente a participar en este importante y largo evento académico en el que celebramos los 10 primeros años de vida de nuestra querida Universidad, me conminó a hacerlo no como escucha o acompañante, sino para hablar en el marco de esta mesa de trabajo acerca de los procesos de titulación en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

Pensar este tema a la luz de las relaciones de la UACM con la ciudad de México en el contexto en que nos ha colocado la actual rectora frente a los medios de comunicación y la ciudadanía, es pensar en la eficiencia terminal, es poner sobre la mesa la eterna pregunta de las universidades: ¿debemos dejar salir a nuestros estudiantes al mercado laboral y a su vida misma como número, como individuos que pasaron por las aulas universitarias cubriendo unos más y otros menos los requisitos mínimos o máximos para acreditar que tienen los conocimientos y habilidades propias de cada disciplina? o será que más bien se trata de asegurarnos de que en ese tránsito por los estudios universitarios, los estudiantes logren introyectar y hacer suyos los conocimientos y habilidades propias de su profesión de elección y que lo hagan sin poner en el centro las condiciones de tiempo, de rapidez, de productividad en términos numéricos y no cualitativos, propias de nuestros tiempos y a las que están sujetas la mayoría de las universidades públicas y privadas para recibir recursos financieros adicionales.

Es difícil pensar que una propuesta educativa que se planteó abrir sus puertas a los egresados del nivel medio superior que tuvieran deseos e intenciones de hacer estudios profesionales sin importar su edad, recursos económicos, ocupación, tiempo de egreso de la preparatoria y méritos académicos previos, exija ahora dedicación de tiempo completo a sus estudiantes para que culminen sus estudios en tiempos determinados, buscando opciones de titulación eficientistas en las que priven las notas académicas, las calificaciones, los ensayos breves, por encima de las habilidades y conocimientos profesionales construidos con tiempo suficiente y que realmente integren los conocimientos básicos de cada licenciatura.

Resulta contradictorio plantear que si los criterios de ingreso no fueron credencialistas los de egreso sean los de rapidez y cantidad. Los chicos y también grandes que se incorporan a nuestra universidad no lo hacen sin un examen diagnóstico previo en el que se le señala al alumno si puede incorporarse a los primeros semestres del ciclo básico o si deberá cursar el Ciclo de Integración en el que se trabaja con ellos sobre las habilidades básicas de todo universitario: redactar, tener nociones básicas de matemáticas y contar con habilidades para el estudio y la investigación. Además, si algunos alumnos o sus profesores consideran que estas habilidades no están cubiertas en el marco del programa de integración o en cualquiera de las asignaturas que sigan, estos pueden tomar los cursos de nueva cuenta hasta contar con los conocimientos indispensables para cada materia. ¿Por qué entonces exigirles rapidez y no calidad en los procesos de egreso en los que sus habilidades y conocimientos deben estar documentados por escrito y a través de diversos productos propios para la titulación? La tarea de nuestra Universidad consiste en formar profesionistas, no en producir egresados.

Como se señala en el apartado 4 de la Exposición de Motivos de la Ley de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México titulado “Desarrollar un proyecto innovador”: “El empeño que guía este proyecto, y que corresponde a los retos que enfrenta la educación en nuestro país, no es solamente de carácter cuantitativo”, sino que “hay también desafíos de carácter cualitativo sumamente importantes. La Universidad Autónoma de la Ciudad de México también debe responder al propósito de crear una institución educativa que contribuya específicamente a la reforma académica que desde hace décadas es urgente a la educación superior de nuestro país; a la necesidad de crear un espacio de innovación donde se discutan las cuestiones fundamentales sobre la educación superior en México y se responda de mejor manera a los retos de estos tiempos”.

Hasta el momento, y sería deseable que esto siguiera siendo así, pese a que esto implica para los profesores un esfuerzo de enormes magnitudes, nuestros estudiantes sólo pueden egresar de la Universidad y obtener su título de licenciatura después de haber mostrado sus conocimientos y habilidades académicas por escrito, mediante algún producto y verbalmente en los procesos de defensa de su grado. Asunto que fue decidido por el cuerpo de asesores del Rector fundador, por nuestro Consejo Asesor, hace muchos años, del cual por cierto formaba parte la rectora que ahora critica esos procesos, de lo que puede suponerse o que estuvo ausente de esas discusiones o que las apoyó políticamente y sin reflexión o crítica alguna.

Como lo señala la Ley de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México antes citada sus estudiantes deben “centrar su interés en la preservación e innovación de los conocimientos y de la cultura” y no en la mera acreditación de asignaturas, de igual forma que sus profesores deberán marcarse “como motivación sustantiva el desarrollo del conocimiento, la formación de nuevas generaciones, la difusión de la cultura y el servicio a la sociedad” (Ley de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México,
Exposición de motivos, apartado 5. “Constituir una comunidad académica”).

Así, hasta el momento son pocos nuestros egresados, –aún y cuando su número es mas alto que el que publica la actual rectora en sus comunicados aunque en estos momentos nos encontramos en una etapa crítica en la que cada vez son menos los profesores que no tienen a su cargo ningún estudiante en proceso de titulación, ya muchos de nosotros contamos con entre uno y hasta más de una decena de alumnos en esas condiciones que son atendidos de manera individualizada mediante largas y complejas sesiones de trabajo presencial e incontables horas de trabajo solitario frente a textos impresos o virtuales que hay que escudriñar, interpretar, reordenar, llenar de anotaciones y sugerencias que puedan permitir a los alumnos continuar por sí mismos en la construcción de sus productos para titulación, que en el caso de la licenciatura de Comunicación y Cultura son tesis, productos comunicativos o planes de comunicación, y que asumen modalidades diversas por licenciatura.

De manera que recibimos a nuestros alumnos en la Universidad sin hacer distingo o selección de algún tipo, asumimos ese riesgo y esos retos, pero nos proponemos que al egresar si se distingan por sus habilidades de reflexión, de análisis, de escritura y redacción, de localización de fuentes pertinentes, de capacidades para resolver problemas vinculados a sus profesiones. De tal forma que no sólo destinamos tiempo para introducirlos a la vida universitaria con el Programa de Integración, sino que nos damos también el tiempo para que maduren sus ideas y potencialidades como estudiantes y puedan desarrollar documentos de tesis o productos afines en los que genuinamente se sintetice su paso por la licenciatura. Proceso que requiere un tiempo que la universidad en su conjunto y cada uno de los profesores en particular damos a nuestros alumnos.

Se nos acusa pues de fraudulentos: fraudulentos por no “producir” –entre comillas- egresados, fraudulentos por que no tenemos grandes números que puedan ser cambiados por bonos políticos, dado que es probable que si tuviéramos muchos egresados, nos acusarían también de fraudulentos por enviar al mercado de trabajo chicos con insuficiente formación.

Nos acusan de fraudulentos porque dedicamos horas a preparar clases y estrategias didácticas diversas de manera individual y colectiva para atender a los estudiantes de cada una de nuestras asignaturas. En efecto, no nos basta con darles cátedra dentro del aula, sino que también atendemos de manera individual o en pequeños grupos y parejas a todos aquellos alumnos que lo solicitan, además de que hay muchos profesores que dentro de sus planes de trabajo operativos para cada semestre y asignatura programan una o varias sesiones de asesoría individual, en parejas o pequeños grupos a las que deben asistir de manera casi obligatoria.

Nos acusan de fraudulentos porque no aplicamos exámenes memorísticos y a modo de cada profesor. De hecho, sin dejar a un lado la libertad de cátedra, diseñamos colectivamente los criterios e instrumentos con los que semestre a semestre se pondera cuáles estudiantes tienen los conocimientos indispensables o básicos para acreditar una asignatura y quiénes tendrán que volver a trabajar sobre los temas y problemas.

Se nos acusa de fraudulentos porque exigimos dos semanas y no una al semestre, para evaluar a nuestros estudiantes. En rigor, no les asignamos sólo un número al revisar cada uno de sus textos, trabajos y exámenes, sino que esto va acompañado de evaluaciones cualitativas en las que señalamos a cada estudiante cuáles son sus méritos y en qué asuntos y temas debe continuar trabajando por sí mismo.

Se nos acusa también de fraudulentos porque utilizamos tiempos laborales para trabajar colectivamente. En la práctica, nos reunimos sistemáticamente para hacer una labor que no siempre es fácil ni placentera, para sentarnos juntos y pensar, escribir, proponer y convencer a los otros acerca de las mejores maneras de organizar los cursos, de diseñarlos, de evaluarlos, de transformarlos, de perfeccionarlos.

De manera que dedicamos muchas horas a la semana –que nuestra rectora nos arrancó de tajo a partir de este semestre– para trabajar en comisiones grandes y pequeñas, efímeras o permanentes, para trabajar y discutir sobre los asuntos académicos de cada uno de los ejes formativos de nuestro Plan de estudios, para reunirnos la Academia en pleno a discutir acerca de los asuntos importantes de la Licenciatura, a debatir sobre los problemas propios del conjunto de la Universidad, a decidir colegiadamente quiénes de nuestros miembros dejan temporalmente a sus grupos de alumnos –el espacio privilegiado de la Universidad– para ocupar cargos directivos dentro de la UACM o puestos de representación en las diversas instancias y comisiones universitarias.

Así, lo que es “un pantano” para la rectora actual, es el espacio creativo y productivo de la UACM, es el ámbito en el que nos mantenemos alerta y en tensión porque ahí nos nutrimos como docentes, en éste tomamos decisiones colectivas que mantienen activo y vivo el trabajo académico de la escuela, que no le permite repetirse, anquilosarse. Es un espacio en el que los acuerdos se construyen con dificultad puesto que todos tenemos trayectorias y formación propias y complejas, pero por las tensiones y retos que derivan de ahí, es posible dirigir la formación de los estudiantes y también las tareas de evaluación de los conocimientos, los organizativos y los de investigación hacia más complejos campos y con nuevos recursos.

Este es parte del contexto educativo, de la propuesta formativa en la que se enmarca la discusión y la definición de los criterios e instrumentos bajo los cuales nuestros estudiantes deben egresar y que están contenidos en nuestra Ley de autonomía. Lineamientos y procedimientos cuidadosamente elaborados desde los sueños formativos y experiencias laborales diversas de quienes formamos parte de las academias. Me referiré aquí sólo a la Academia de Comunicación y Cultura a la que orgullosa y felizmente pertenezco misma que por cierto detenta hoy el mayor número de egresados de nuestra Universidad.

La tarea de definición de estos criterios y lineamientos para la titulación y egreso de nuestros estudiantes era compleja: debíamos resistirnos a instrumentar los criterios dirigidos a la eficiencia terminal de todas las universidades que dejan a la tesis como una opción y abren las de las calificaciones y sus promedios, los exámenes, los ejercicios a manera de ensayo, las publicaciones, el curso de un posgrado, como opciones de titulación que implican un esfuerzo de los docentes mucho menor que el que entraña la dirección de una tesis y que en cambio arroja muchos números intercambiables por financiamiento, además de convertirse en un espejo –el de la Maléfica del cuento– en el que se señala que los profesores son los más bonitos… Quienes hemos trabajado como docentes en maestría sabemos que estas reformas educativas generan que los estudiantes de posgrado no sepan articular un discurso, diseñar un proyecto de investigación, producir una tesis.

Se trataba entonces de acatar las propuestas del Consejo Asesor de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y resistir a la tentación –que sigue rondándonos y no es poca– de darle la vuelta a la compleja tarea de hacer que el alumno sintetice los elementos básicos de su licenciatura en un documento de tesis, en productos comunicativos o en planes de comunicación en nuestro caso, y que pueda defender públicamente sus argumentos y mostrar que es capaz de articularlos y ponerlos en operación.

La tarea se antoja fácil, pero es más bien harto compleja y en la más de las veces larga. Concebir el proceso de titulación como un espacio en el que por decirlo de alguna manera se “entrena” al estudiante para la vida profesional y académica implica mucho tiempo y dedicación no sólo a un grupo significativo de estudiantes, sino también a cada alumno en particular.

Desarrollar esta tarea significa abrir el espacio para que cada estudiante cristalice sus sueños, ideas y aspiraciones profesionales en un documento desarrollado bajo la modalidad de tesis, de un producto comunicativo o de plan de comunicación, además de que lo haga de manera metódica, documentada y rigurosa. Que busque fuentes por sí mismo, que lea lo que sus profesores le recomiendan, que construya una propuesta personal para entender y resolver el problema que le preocupa.

Adicionalmente, el estudiante no sólo deberá convencer a su profesor –a su maestro cuervo que se enorgullece de sus logros y avances– sino a un conjunto de profesores frente a quienes defiende su trabajo al menos en tres ocasiones distintas, quienes en todos los casos son generosos académicamente, pero rigurosos y exigentes en cuanto a las formas y contenidos de las exposiciones y textos estudiantiles.

El trabajo de construcción de estos productos para la titulación es pues arduo, delicado, difícil, y además cargado de todas las emociones académicas de los estudiantes y sus directores, por lo que no está exento de decepciones, tristezas y hasta rupturas entre profesores y alumnos, así como entre docentes entre sí. Pero si sabemos, estamos seguros, de que quienes egresan nos representan dignamente como Universidad, por sus habilidades profesionales, por sus capacidades de inventiva, resolución de problemas, de participación en nuevos espacios académicos.

Hasta aquí el contexto académico e institucional, pero ¿Quiénes son nuestros estudiantes? Nuestros alumnos son en la mayoría de los casos la primera generación de profesionistas en sus familias, son jóvenes y algunos adultos provenientes de un mundo en el que el capital cultural es escaso, en el que no existe una experiencia universitaria previa en la mayoría de familias. Siempre hago esa pregunta a mis alumnos y he observado, sin medirlo de manera precisa, que en cada grupo hay un solo estudiante con padres que realizaron estudios universitarios truncos o completos y me he encontrado con un muy acotado número de alumnos cuyos padres son profesionistas activos.

Si bien creo que quienes acceden a la UACM son los estudiantes más fuertes por así decirlo de un complejo medio social en el que la deserción escolar es relativamente alta y las presiones por colocarse en el trabajo son muchas, también se trata de estudiantes provenientes de núcleos familiares con escasa y a veces nula experiencia escolar y que desarrollan sus estudios solos, sin interlocutores en sus casas, barrios y colonias para pensar sobre la escuela, para resolver una duda, para compartir los logros educativos.

Hablamos de estudiantes que de manera muy probable fueron los primeros en colocar un pequeño librero en sus casas, estudiantes que se desenvuelven en nuestros planteles en los que las bibliotecas son pobres, raquíticas, y en la que la construcción del nuevo edificio de la biblioteca de San Lorenzo Tezonco quedó abandonada. Estudiantes que pese a esto buscan los libros, acuden a ellos y han incluso aprendido a comprarlos, asunto que puede resultar obvio y común entre algunos grupos, pero que por motivos económicos y culturales también, es una práctica que identifico como más compleja de lo que pudiera parecer a simple vista.

Pero trabajar con estos estudiantes es también una gran oportunidad para nosotros y para la ciudad de México, una ocasión para acercarnos a esos mundos citadinos que poco se conocen y de los que muchas veces se habla con desprecio. Nuestros alumnos, en un número significativo, son hijos de las familias más pobres de nuestra ciudad, son habitantes de esos espacios grises y tan largamente abandonados, que todas las acciones de las tres últimas administraciones de la ciudad han sido insuficientes para resarcirlo, esfuerzos entre los que se cuentan la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM) y el Instituto de Educación Media Superior (IEMS). Los jóvenes y adultos de nuestra casa de estudios vienen de mundos complejos en los que lastiman la pobreza económica y cultural, la violencia doméstica y social, donde las escuelas primarias y secundarias están sobrepobladas y en las que difícilmente se ofrece atención educativa personalizada a los niños.

Como dato que no me deja de asombrar, muchos de los estudiantes están preocupados por los libros: en qué consisten, cómo se hacen, por qué se leen, para qué se leen, cómo leer, y la promoción de la lectura, el fortalecimiento de las bibliotecas de barrio, el acercamiento a la cultura por las clases populares están en el centro de muchos de los trabajos académicos de los alumnos, entre ellos los dirigidos a la titulación, lo cual habla de nuestros estudiantes, pero también de sus espacios sociales y entornos culturales. Así también, la violencia en sus distintas expresiones, la mala prensa, pero también los grupos y las expresiones juveniles, la educación, la cultura, la familia, el cine, la televisión, la radio comercial y la radio comunitaria están en el corazón de sus preocupaciones y son estas sobre las que piensan y bordan a través de sus trabajos de titulación.

Muchos de nuestros estudiantes son también oriundos de los pueblos originarios de nuestra ciudad de México y algunos más provienen de comunidades rurales e indígenas y constituyen apenas las primeras generaciones de migrantes en la ciudad. De ahí que las fiestas religiosas, las formas de producir la tierra, la organización colectiva de los pueblos y ejidos, las mayordomías, festejos y construcciones locales, estén también en el centro de sus intereses y constituyen los temas de sus proyectos de titulación.

Si regresamos al tema original de esta mesa de trabajo, la UACM y la ciudad de México, podemos ver pues que la ciudad ofrece a sus hijos históricamente más abandonados en materia educativa una alternativa, la mejor de las alternativas, una Universidad.

Si lo vemos de otro modo, la Universidad Autónoma de la Ciudad de México es un canal de comunicación, de articulación orgánica, constructiva y propositiva con sus grupos sociales más desfavorecidos, un espacio para la vinculación con esas zonas grises de nuestra gran ciudad que se están empezando a iluminar de colores con sus jóvenes despiertos, cada vez más cercanos a la cultura y a los libros, con sus obras de teatro, el cine, las exposiciones, la música nueva que los chicos llevan ahí, con sus sueños de radios comunitarias, de organización de cooperativas de producción, de cultura y de lectura, de paz y de concordia.

En estos años la Universidad Autónoma de la Ciudad de México ha ido ganando espacios en el campo educativo y son cada vez más lo jóvenes que la asumen como una de sus primeras opciones de estudio. Nuestras aulas están poblándose cada vez más de estudiantes más jóvenes y con una cercana experiencia escolar, lo cual tiene como consecuencia que cada vez puedan transitar por los mapas curriculares de manera más rápida y eficiente.

En síntesis, el proceso formativo de los estudiantes implica tiempo en una época en la que privan la premura, la rapidez y la productividad. Solicitamos tiempo, un par de años tal vez, para que nuestra población de egreso se multiplique, crezca exponencialmente y empecemos a contar con un egreso constante, amplio y significativo. Necesitamos sólo un poco de tiempo para que todos vean encenderse las luces de colores de esos espacios grises y distantes de nuestra ciudad de México.
Muchas gracias.

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