jueves, 3 de marzo de 2016

Las verdolagas (CUENTO) por Elisa Cano


Mi madre tiene un sazón delicioso.  A veces prepara albóndigas con huevo, con caldo de jitomate. Rajas con elote, crema y pollo.  Asado de boda: carne de cerdo con chile pasilla y papa. Caldo tlalpeño con bolitas de masa y aguacate.  Pero no sé por qué a mí me gusta más ir a comer a la casa del vecino Fermín.  Un viejito, de cabello blanco.  Solitario.  En su casa viven él y su mujer.  Pero la señora siempre está tan ocupada limpiando el pasillo, ayudando a las  vecinas con los niños pequeños, escuchando los problemas entre los esposos y abriendo la puerta, que el encargado de cocinar en su casa es el marido.  El señor tiene como cien años, bueno, tal vez, tiene más.  Lo único que sé es que él sabe andar por todos lados porque aunque viene del campo, dice que conoce la ciudad como la palma de su mano. 

Nuestra casa, está cerca de un bosque. Todas las mañanas Fermín sale a caminar y regresa con un montón de hierbas en su morral.  Muchas veces le he preguntado que si puedo acompañarlo, pero dice que soy muy pequeña, que mejor le ayude a mi mamá.  Sólo que a mí no me gusta la cocina, prefiero andar detrás de Don Fermín porque él repara las cañerías, corta el pasto y es muy platicador. Nada más que como anda solo todo el tiempo no tiene a quién contarle lo que sabe. 

Don Fermín es muy inteligente.  Cuando me duele la panza me cura con tapa cola, y cuando me duele la garganta me da té de gordolobo, ese sí sabe bien. Además, cuando tiene, Don Fermín le pone miel.  Por eso a veces aunque no esté muy enferma le digo que me arde la garganta. 

Ese señor me quiere mucho, pero siempre lo veo triste.  Yo creo que es porque su esposa es muy trabajadora y no tiene tiempo para estar con él.  Don Fermín siempre está muy solito.  Una vez me enteré que tienen siete hijos y un montón de nietos, pero no entiendo por qué nadie los visita.  Su casa es muy chica, pero es solo para ellos dos, por eso es muy calientita.  No tienen cama. Eso me gusta porque cuando estoy con ellos me puedo acostar en el suelo y nadie me regaña. 

Me gusta comer en casa de Fermín porque él siempre cocina lo mismo: verdolagas con tomate verde. 

Mi mamá me dice que no ande de gorrona comiendo en la casa de los vecinos.  Hoy les mandó un trozo de carne.  Ellos se resistieron, no querían aceptarla pero les dije que, si no, mi mamá ya no me iba a dejar comer en su casa.  Los viejitos abrieron tremendos ojos.  Creo que eso sí los espantó. Yo creo que se imaginaron que nunca me iban a volver a ver y mejor aceptaron la carne de cerdo.  Se la comieron a fuerzas.

Don Fermín se pasó toda la mañana cocinando, pero a mi su sazón hoy no me gustó, me supo diferente.  Comimos verdolagas con tomate verde y el trozo de carne y Don Fermín se murió. Estoy segura que fue por culpa del cerdo. 

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