Se formó entonces un gobierno de coalición compuesto por soldados y campesinos (Soviets) el cual presidido por uno de los ideólogos del sistema, Lenin, quién a la sazón, se hallaba exiliado en Suiza.
Previamente Kerenski debió ser derribado por un golpe de palacio llevado a cabo por un reducido grupo de simpatizantes de la nueva ideología.
Lenin había visto en su país y en aquel momento las condiciones ideales para entronizar las nuevas teorías. Se necesitaba un pueblo acostumbrado a la esclavitud para imponerle otra que, a diferencia de las conocidas, estaba organizada para una explotación metódica del pueblo y los recursos.
Nótese que en la doctrina comunista existe una importante dosis de astucia que utiliza solapadamente las posibilidades de todo orden para poner al pueblo al servicio del Estado siendo que la razón manifiesta del mismo es servir al pueblo.
La elección de Rusia para experimentar el nuevo sistema no es entonces casual.
¿Qué otro pueblo acostumbrado a una existencia liberal, podía, sin rebelarse, aceptar las premisas del Comunismo?
La ocasión señaló a Rusia como el centro ideal de experimentación y no fue desaprovechada.
Lenin (así lo manifestó en sus escritos) deseaba el caos de Rusia, y como factor de ese caos la derrota militar, pues ello creaba el caldo de cultivo ideal para la difusión del materialismo dialéctico y la imposición de su dictadura.
Afianzando el sistema en Rusia se procede a la transferencia de las tierras de sus propietarios a los campesinos. Esto, que en un primer momento parece un acto de justicia, es solo una artimaña pues, bien pronto, se confisca para el Estado toda propiedad territorial y se dispone la supresión de la herencia por lo que todos los bienes pasan a ser de éste.
Se establece una dura condición de vida generalizada, es decir que la igualdad proclamada se establece, pero no como un beneficio para todos, derivado de una mejor condición de vida, sino a través de un sacrificio común en aras de un Estado poderoso y tiránico.
El hombre pierde su individualidad para incorporarse como número amorfo al servicio de la grandeza material de la cual será artífice pero no partícipe. Es decir que lo que debe ser medio se convierte en objetivo y viceversa.
Sin embargo aquel pueblo acostumbrado a una irritante diferencia de clases, aquellas medidas han de haber parecido, en un principio, actos de entera justicia. No advertía, cegado por un estado de ánimo revanchista, cómo una nueva dictadura la iba envolviendo inexorablemente.
Como una respuesta a esta necesidad nace “La Cortina de Hierro”.
La mira del Comunismo no está puesta en el dominio de un país sino en su implantación en todo el mundo. Consolidado en Rusia que se convierte así en foco de expansión, la experiencia debe continuar.
Nada es más efectivo para divulgar algo bueno que mostrarlo.
Es sugestivo entonces y habla con elocuencia a la inteligencia de quienes saben comprender, el hecho de que haya habido necesidad de establecer una “cortina de hierro” para separar al pueblo ruso de los demás pueblos a los efectos de evitar comparaciones.
Esto pone en evidencia el empleo de una inescrupulosa hipocresía que no escatima medios para llegar a sus fines, puesto que si algo no se quiere mostrar abiertamente es porque no conviene.
Finalizada la Segunda Guerra Mundial, una nueva oportunidad se presenta para los planes de expansión de este “imperialismo” que, además de territorial es ideológico, económico y militar.
Estos hechos se siguen produciendo con harta frecuencia donde el Comunismo logra establecerse: el deseo de los pueblos de escapar del régimen y su represión, y el bloqueo por parte de éste para que tal cosa no suceda dando un mentís a su propaganda.
Que los pueblos donde se ha establecido el comunismo se resisten al régimen, lo ponen en evidencia los levantamientos que contra el mismo han habido en algunos países que, a diferencia de Rusia conocían otras formas de vida que no eran dictaduras esclavizantes.
En 1956 los obreros de Hungría se levantaron contra el régimen comunista establecido en aquel país después de la Segunda Guerra Mundial como consecuencia del avance sobre Europa de las tropas rusas.
Lo sugestivo de este hecho es precisamente eso, que el levantamiento es de una clase social de la cual el comunismo se auto titula ferviente defensor y mas aún basa en ello su razón de ser, en nombre de lo cual pretende establecer su dominio en el mundo. Y también llama poderosamente la atención que no haya vacilado, en defensa del interés político, en avasallar brutalmente un movimiento obrero similar al que el sistema propicia contra los otros gobiernos que no responden a sus intereses.
En este caso los obreros sublevados habían experimentado el régimen y no estaban conformes con él, y por la forma heroica y desesperada como se enfrentaron a una fuerza muy superior, es evidente que preferían la muerte al sometimiento a sus designios.
Quienes osan oponer resistencia a los invasores, en abierta violación a los convenios internacionales así lo expresarían mas tarde a la prensa libre quienes consiguieron escapar milagrosamente del país y del régimen-, son masacrados sin ningún miramiento.
Recientemente Afganistán y Polonia son otros ejemplos de que los pueblos sometidos por el comunismo internacional, comprenden, tarde ya, que han caído en una trampa ideológica de la cual es poco menos que imposible liberarse.
Abarca desde lo económico y social hasta lo cultural y afectivo. Aunque de acuerdo a lo predicado y al mismo nombre de esta ideología todos son dueños, nadie es dueño de nada, ni siquiera de sus propios hijos.
El único dueño es el Estado y detrás de éste los privilegiados del régimen entre los cuales se encuentran militares, políticos, científicos e intelectuales mientras no se les ocurra ser disidentes.
Ejemplos sobran, pero ya sabemos qué les ocurrió a Boris Pasternak, a Alexander Soljemitsin, a Demetri Shostakovich, etc., por citar algunos autores y compositores, a causa de intentar expresarse libremente en sus obras, contrariando los cánones establecidos por el régimen.
Quien es creador sabe que su actividad no puede estar condicionada a la política de ningún sistema. Puede coincidir con ésta y en tal caso no sentirse afectado, pero nadie puede decirle a un novelista, a un poeta o a un compositor, qué tema tiene que tratar y cómo debe hacerlo.
De ahí que en este aspecto todo lo que producen los países comunistas carece de espontaneidad, es duro, pesado, frío y siempre signado por matiz político favorable a la causa que delata una obsecuencia de los autores destinada a halagar el régimen o, en el mejor de los casos, un temor a caer en desgracia.
Se podrá alegar que lo importante es que todos tengan qué comer, restándole importancia a lo demás, salvo la faz política y militar.
Si la naturaleza ha hecho dentro de su igualdad genérica diferente a los hombres, con distintas capacidades y disímiles tendencias, es sin dudas porque esa diferencia es necesaria a sus propósitos, y ello indica que el sometimiento de todos los seres a un mismo modelo existencial contraría tales principios básicos.
En lo que a Rusia incumbe como centro expansor del sistema, es posible admitir que se logró el progreso material de un país a expensas del sacrificio involuntario de un pueblo, y que ese desarrollo se destinó a extender el sistema, no a compensar ese esfuerzo, poniéndose a éste por sobre el hombre al cual se lo utilizó como medio, no como finalidad del proceso en el cual sin embargo será incluido.
A través de los hechos aquí enunciados, el régimen admite un análisis sin necesidad de experimentarlo.
En este último aspecto es necesario remontarse al nacimiento de la era industrial y considerar la evolución experimentada por la técnica que prácticamente ha reemplazado al obrero por la cibernética o van en camino de ello.
¿Podemos suponer que desaparecido el obrero desaparecerá el comunismo que supuestamente lo tomó como razón de ser?
Seguramente no porque el obrero no fue el objetivo sino un medio, un pretexto para conseguir el apoyo del proletariado.
En tal caso se pondrá en evidencia que el objetivo era político, no social.
Esto obligará al Comunismo a cambiar el motivo por el cual ha tratado de justificarse para convertirse, como toda política, en una causa de intereses, si es que alguna vez fue otra cosa, que nada tiene que ver con los postulados en los cuales fincó su origen.






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